opinión

El arte de aplaudir la tragedia

 

Por Diego Fernández G.  

Twitter: @DFG_Diego

 

 

                                                                “Para reírse y aplaudir hace falta no pensar demasiado.”

                                Stendhal, Manual para reír y amar

 

Hay ocasiones en las que México se presenta como una nación masoquista. Lleva en la sangre el orgullo de sus heridas, de los estragos de su historia, de sus desventuras, de sus derrotas. En este sentido, caigamos en la tentación y juguemos el juego del victimismo: La culpa no es de los mexicanos, sino de la historia que nos han contado y que nos han hecho creer como propia, como ese dogma incuestionable que fundamenta nuestra cuestionada identidad.

Por naturaleza nacional, los mexicanos son alegres. Si la muerte llega, el mexicano la celebra. Si la derrota es inminente, es mejor bromear con ella. Si la tragedia es vulgar, el mexicano le sonríe solemnemente. Y lo hace porque cree que es su única opción, su único consuelo. Así, al presentarse una crisis, nuestro país se aferra al pasado para encontrar sosiego en el presente; para hacer que el recuerdo dé la esperanza de continuidad ante la incomodidad de lo actual. Para los mexicanos, el ayer es su refugio; el hoy, su imposible; y el futuro, su sueño perdido.

Vivir embebidos en la felicidad es una cualidad digna de presumir ante el mundo; el verdadero riesgo de los mexicanos radica en pasar fácilmente de la desesperanza al optimismo solamente para volver a caer en la desesperanza. En ese ciclo, la decepción siempre es la sensación de la que se parte.

Desde los años treinta del siglo XX, cada presidente ha tenido su ruptura sexenal y su selecto grupo de felices aplaudidores que construyen un oasis ficticio en ese infierno terrenal. Cuando la matanza de Ayotzinapa cimbró aquel septiembre de 2014, las marchas por la justicia llegaron al Zócalo capitalino para levantar un acto medieval que exigía la renuncia del mandatario. Hubo quien gritó por los 43 normalistas; hubo otros memoriosos que salieron a marchar por los eternos desaparecidos del 68, del 71, de la Guerra contra el Narcotráfico; y hubo otros muchos que sólo se limitaron a mirar el ardiente espectáculo a distancia, mientras defendían a un Peña Nieto que presumía una popularidad que rondaba el 50% de aprobación.

 Al igual que hace cinco años, lo acontecido el pasado 17 de octubre nos demuestra que, en este país, elogiar la tragedia es parte de nuestra cultura política. Sin intentar comparar hechos, se debe decir que el suceso de Culiacán, de AMLO, rebasa el de Ayotzinapa, de Peña Nieto, por el descaro de la autoridad, pues fue el mismo presidente López quien nos restregó en la cara el Estado fallido. Como si jugaran a policías y ladrones, terminaron por crear un desastre al que llamaron “operativo”. Dicho desastre marcó no sólo el sexenio obradorista, sino la historia contemporánea de México, pues por primera vez se oficializó el Estado fallido sin pudor alguno. Pero más allá de Estado fallido, debemos comenzar a hablar de un Estado vencido, cedido ante el crimen organizado que ahora puede presumir su poder ilegítimo protegido por la legitimidad del Presidente como credencial. Si algo nos ha enseñado Culiacán es que la única ley en México es la ley del narco.

¿Y qué ha dicho y hecho el Gobierno Federal? Todo y nada. El poco sustento y la confusión de verdades respecto a la negociación de la liberación del narco son una burla para la sociedad mexicana. Parco y sarcástico, el presidente sale todas las mañanas a tratar de arreglar el país con aforismos y refranes populares. La mañana del viernes 18 de octubre no fue la excepción. Andrés Manuel -sonriente como mexicano- habló de baseball. Después, respaldó la decisión del Secretario Durazo y, como si recitara lentamente una elegía, justificó la derrota del Estado como una acción de paz, brindando a los espectadores un sermón educativo como si en vez de gobernar un país, estuviera más preocupado por escribir un libro de moral. El presidente parece creer que las palabras de la Patria pasan por él como la palabra de Dios pasa por el sacerdote antes de llegar al pueblo.

Una vez llegadas las palabras vacías del presidente, el pueblo aplaude. Según las encuestas de De las Heras Demotecnia, desde la decisión del pasado 17 de octubre, la imagen de López Obrador se fortaleció, pues 52% de los encuestados percibió el hecho de manera positiva, mientras que el 40% opinó lo contrario. Por otro lado, la mayoría de la gente cree que el verdadero culpable del enfrentamiento armado fue el gobernador de Sinaloa, Quirino Ordaz Coppel. Sin embargo, la responsabilidad de liberar a Guzmán López recae totalmente en el Gobierno Federal. Más allá de hallar al villano (pues en México los verdaderos villanos son indultados), Culiacán es un suceso histórico que golpea descaradamente al pueblo de México; la reacción del Gobierno Federal es un agravio para las instituciones de nuestro país, para el Ejército, para la Presidencia de la República, para la Sociedad Civil Organizada, para la Nación, para todos aquellos que se esfuerzan todos los días para superar su condición honestamente.

Así como Peña Nieto, Andrés Manuel corre el riesgo de ver caer su popularidad en el momento menos esperado del sexenio gracias a los errores que son casi idénticos a los del pasado. Él, enalteciendo su tranquilidad, sigue sonriendo. La mayoría de su gente aún lo quiere, porque la realidad no ha desgastado su esperanza. Sin embargo, el futuro no es alentador. El mexicano es alegre, pero también desesperado. Si las promesas de campaña no comienzan a echar raíces tangibles y, en vez de ello, se obtienen resultados contrarios, la pequeñísima Cuarta Transformación comenzará a desgajarse. En dado caso, y haciendo alarde a su narcisismo: ¿Llegará el momento en el que el presidente deje de salvar al país para salvarse a sí mismo? Es muy probable, pues sus únicas fronteras son las que separan sus propios datos de la realidad nacional. Los hechos son más poderosos que las palabras, pues la hoguera sólo quema cuando uno arde en ella, no cuando es descrita por el cronista. En ese momento en el que la administración de López Obrador comience a naufragar en fuego, el capitán será primero en saltar al bote salvavidas mientras escucha la ovación de quienes lo contemplan desde el barco en llamas.

A once meses de gobierno y después del descaro de Culiacán, la mayoría de la población mexicana sigue celebrando la tragedia como un hecho patriótico, justificando el error a través de un ritual nacionalista. De esta forma, la culpa no es sólo de la nueva historia oficial que el presidente dicta todas las mañanas, sino que ésta reside en la interpretación que la población realiza de los hechos a partir de lo que asegura cierto.

Ya decía Carlos Monsiváis que “el peor retrato de López Obrador es el que él construye de sí mismo”. Ese retrato que llevan pintando sus seguidores con aplausos y loas no es más que el resultado de la necesidad de un líder que devuelva la esperanza democrática extraviada desde hace diecinueve años.

Así, en este país entendemos que la esperanza no es lo último que muere, sino la maldita costumbre de seguir esperando. Hoy no se busca que las cosas se hagan como antes, por el contrario, simplemente se debe exigir al presidente que las cosas se hagan bien y bajo legalidad. En esa espera y en ese eterno optimismo, el arte de elogiar la tragedia exige estómago duro, visión borrosa, ansia de permanencia, un líder que ofrezca sólo palabras, y un ensordecedor aplauso que no termina con la catástrofe. Eso sí: El aplauso hueco hace más amena la tragedia para el adorador del presidente, pero también la vuelve mucho más peligrosa para el país entero. 

 

 

 

 

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One Reply to “El arte de aplaudir la tragedia

  1. Hola me parece muy bueno tu análisis de la sociedad mexicana frente a situaciones de decepción y desesperanza y ciertamente es muy peligrosa la mentalidad de los que siguen a lideres con una fe ciega. Sigue escribiendo👍

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