opinión

Que hable el silencio

Por Diego Fernández G.

Twitter: @DFG_Diego

En este sexenio se ha hablado de más. No cabe duda de que López Obrador tiene el don de la manipulación mediática. Lo ha tenido siempre, desde sus tiempos como Jefe de Gobierno del Distrito Federal hasta sus discursos subversivos en Paseo de la Reforma y la Plaza de la Constitución.

Cuando Luis González de Alba irónicamente escribía sobre el “liderazgo fascinante” de Andrés Manuel, lo hacía alertándonos sobre su capacidad oratoria, sobre una efigie política más apegada a la demagogia que a la eficacia y la eficiencia gubernamental.

Durante décadas, el liderazgo carismático del ahora presidente de México ha tenido un pilar fundamental que lo sostiene todo: la palabra. Él es un político popular moldeado por el sector del pueblo que lo sigue, que lo aplaude. Cada halago, cada palmada y cada palabra de aliento dan forma a la figura de un presidente reducido a un discurso hueco, pero poderoso.  

Giampaolo Zucchini comprende la demagogia como una práctica que dista mucho de ser un régimen político, pero que funciona como herramienta para el poder. El demagogo se apoya en su narrativa para estimular a las masas, excitando sus deseos irracionales y desviándolas de la activa participación política; descalificando a los opositores y consolidando su poder dentro de las democracias débiles. Con su descripción, el teórico italiano parece dar forma a la personalidad del presidente de México. La plaza pública y Palacio Nacional son escenarios propicios para seguir lanzando frases sosas cuya consistencia de fondo rebasa los límites de la posibilidad de logros tangibles. Tenemos un presidente que sigue prometiendo hacer sin hacer nada más que prometer.

Recorrer todo el país es un hecho plausible para la prometida transformación de la vida pública. “Deberías estar orgulloso, tenemos un presidente cercano al pueblo.”, me dijo una fiel lopezobradorista vía Twitter. Comprendo su orgullo, pero no lo comparto. Las labores del jefe del Ejecutivo no se compactan solamente en el contacto directo con el pueblo. Quienes dieron su voto a la coalición Juntos Haremos Historia pusieron su esperanza en un proyecto que resolvería los problemas en seis años. Llevamos poco más de uno y lo único que hemos recibido los mexicanos han sido promesas y palabras que mantienen vivos los intereses corporativos de las personas que tienen el poder.

Ante la muchedumbre, para este presidente valen más los refranes populares que la seriedad cuando se habla de temas relevantes de la agenda. En este sentido, los resultados, los números y la realidad pasan a segundo plano o se convierten en otros datos.

En su análisis del fenómeno de la mañanera, The Wall Street Journal destacó que la conferencia diaria del presidente mexicano es un evento único entre los países del G20. A pesar de ello, el análisis detectó que AMLO dice por lo menos seis mentiras cada mañana. La revolucionaria manera de comunicar ha puesto al presidente en evidencia en más de una ocasión. Como un maestros de la comunicación política, el equipo presidencial ha sabido dar utilidad a las mentiras, ocurrencias y pifias que surgen al punto de las siete de la mañana.

Las redes sociales y las nuevas tecnologías de la información son plataformas que permiten desviar la atención de los temas apremiantes del país. Cuando el 2019 fue establecido como el año más violento del país, el debate público en Twitter y Facebook se desvió hacia un video que mostraba al presidente comiendo barbacoa junto a su hijo. Así, todo se disuelve mediáticamente. El crecimiento económico de 0% nos ha llevado a rozar la recesión; la violencia y las muertes han aumentado; la exoneración de Bartlett, la corrupción de Napoleón Gómez Urrutia y Yeidckol Polevnsky; la pérdida de 400 mil empleos en diciembre; la caída de la inversión en un 9%; la inhumana crisis ocasionada por la instauración del Instituto de Salud para el Bienestar. En este gobierno todo se resuelve con soluciones mediáticas, desde la barbacoa, pasando por una llanta ponchada hasta la ocurrencia de incluir una rifa por Lotería Nacional entre las cinco opciones para deshacerse del avión presidencial. De esta manera, parece que México no tiene un gobierno, sino una parodia de gobierno. Lo verdaderamente alarmante es que la cruda realidad mexicana exige un presidente serio, no un standupero que desvía magníficamente la atención ante las problemáticas que aún no ha logrado resolver.  

Cuando creímos que Peña Nieto era un telepresidente, hoy comprobamos que AMLO lo rebasa al ser el presidente más mediático de la historia de nuestro país. No hay algo mejor que López Obrador haga que estar frente a los reflectores, frente a la cámara de un teléfono. Lo hace en las mañanas, mientras viaja alrededor de la república, cuando come, cuando juega béisbol, cuando está haciendo absolutamente nada relevante para el desarrollo del país.

Sus palabras tienen un peso importante en la agenda, pero él aún no ha comprendido que ya no es el candidato ni el escritor del pasado. Andrés Manuel es lo que Aristóteles concibió como un “adulador del pueblo”, pero hay algo cierto: en gobierno, con la palabra no basta.

Espero que algún día AMLO haga un pacto de silencio, encargándose de demostrar resultados concretos sin decir palabra alguna, dejando que ese mismo silencio hable por su destartalado gobierno.

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